Los dones del Espiritu Santo y los santos patrones, re-enfuerzan las vidas de los confirmandos

En mi última columna, he dedicado algunas reflexiones acerca de la celebración del sacramento de la confirmación, su origen y su significado. Me gustaría continuar esas reflexiones nuevamente esta semana, centrándome en los efectos de este gran sacramento.

Como lo señalé antes, el crisma utilizado para la unción durante el rito de la confirmación deriva su nombre de la misma palabra raíz como “Cristo” y “Cristiano”, es decir; “el ungido.” A través de la gracia del bautismo, el Espíritu Santo viene a morar en nosotros, ayudándonos a ser como Cristo en pensamiento, palabra y obra. Como enseñaba San Agustín en el siglo quinto: “¡No sólo somos cristianos, sino Cristo mismo!. . . ¡Veamos con asombro y regocijo: nos hemos convertido en Cristo!” El don del Espíritu Santo, entonces, nos permite participar no sólo en su vida humana perfecta, sino incluso a compartir en la vida divina de Jesús.

El profeta Isaías, ocho siglos antes de Jesús, predijo cuales serían los siete dones del Espíritu Santo: “Allí saldrá un retoño desde el tronco de Jabes, y un rama crecerá de sus raíces. Y el espíritu del Señor reposará sobre él, el espíritu de sabiduría e inteligencia, el espíritu de consejo y fortaleza, el espíritu de conocimiento y de piedad, y el espíritu del temor de Dios”  (Is. 11,1-46).

Durante los últimos ocho años, he estado preguntando en mi homilía quien puede nombrar los siete dones del Espíritu Santo. No lo hago para intimidar a los candidatos, sino para hacer hincapié en lo importante que es conocer estos poderosos dones que se reciben en el Sacramento. Si los candidatos no conocen y aprecian lo que se les da, ¿Cómo podrán esos candidatos hacer uso de los  dones durante los momentos críticos de la vida?

Una forma de recordar los dones es que la sabiduría y el entendimiento me ayudan a saber quién soy y por qué Dios me hizo. La sabiduría me ayuda a discernir el plan de Dios para mi vida. El entendimiento me permite visualizar la vocación providencial de Dios.

El Consejo y la Fortaleza, también conocido como juicio correcto y coraje, me ayudarán en mis relaciones con mi vecino. El Consejo me ayuda a discernir el bien del mal. La Fortaleza me permite hacer el bien y evitar el mal.

El Conocimiento, la Piedad (reverencia) y el temor del Dios (asombro y admiración) son regalos que me animan a mantener a Dios en el centro de mi vida. El regalo del conocimiento me ayuda a ver la realidad en la relación con Dios. La Piedad hace que reverencie a Dios como mi padre. El Temor de Dios me permite reconocer la diferencia entre Dios y yo, motivándome a arrepentirme de mis pecados.

Es lamentable que muchos católicos olvidan o dejan de utilizar los dones dados en la Confirmación. Con frecuencia, nuestras vidas son desafiadas por lo secular, lo material y las fuerzas sensualistas que nos rodean. Es importante recordar, incluso diariamente, que he sido fortalecido por los siete dones del Espíritu Santo, precisamente para que pueda vencer las tentaciones que me acechan.

Otra dimensión de la preparación de uno mismo para la confirmación es la selección del nombre de un Santo. Ser joven es un momento en la vida cuando uno tiene héroes para admirar y emular. Creo que es muy importante para los candidatos que se familiaricen con las vidas de los Santos y alentarlos a encontrar a un santo que pueda inspirar al candidato con sus virtudes. Cuando yo era Obispo de New Ulm, los candidatos me escribían cartas para decirme por qué se sentían preparados para recibir la Confirmación y compartir conmigo su nombre de Confirmación y el motivo de su elección. No he hecho este requisito en la Arquidiócesis, aunque estoy abierto a recibir tal correspondencia.

Por último, soy consciente de que algunas diócesis permiten la recepción de los sacramentos en la edad de la razón, argumentando que el orden correcto de los sacramentos de iniciación pone a la Confirmación en segundo lugar. Este fue sin duda el caso en la iglesia primitiva, pero entonces los candidatos eran principalmente adultos.

En mi primer pastorado, puse la confirmación en segundo grado. Encontré que esta norma fue una pesadilla catequética. En lugar de prepararse para dos sacramentos (primera reconciliación y primera Eucaristía), también se requería la catequesis para la confirmación, lo que  resultaba  muy abstracto para la mente de un joven en segundo grado escolar. Cuando esos estudiantes de segundo grado llegaron al octavo grado, sólo dos de ellos asistían a las clases de educación religiosa.

La gracia se basa en la naturaleza, y así encontré que la práctica de New Ulm de confirmar en el grado 10 o 11 permitía que se produjera en los jóvenes una cierta madurez.

Aquí, nosotros permitimos que los candidatos reciban la confirmación después del octavo grado, lo cual tiene la ventaja que reciban el sacramento antes de comenzar la escuela superior. Encuentro que esta práctica no es la ideal, pero parece que funciona en muchos casos.

Otra vez, agradezco a los pastores, a los padres de familia y a las catequistas que toman con seriedad  la preparación de los candidatos con una catequesis auténtica para la confirmación. El momento de su celebración debe ser memorable para el candidato en la cual su vida espiritual se transforma totalmente con la vertiente de los siete dones del Espíritu Santo.

Dios los bendiga.

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