Juan Pablo II, el peregrino que inspiró a una generación

| Mar Muñoz-Visoso | April 18, 2011 | 0 Comments

Mar Muñoz-Visoso

El Papa Juan Pablo II continúa llenando estadios y plazas incluso años después de haber fallecido. El pasado 2 de abril 70.000 mexicanos se congregaron en el masivo Estadio Azteca para rendir tributo al querido pontífice que visitó el país cinco veces. Después de todo, los mexicanos no olvidan que su primer viaje apostólico fue a México, tras una parada en República Dominicana. Y que fue allí, en México, frente a la Virgencita de Guadalupe, que él le consagró su pontificado a ella y decidió que había de ser un papa peregrino.

En 1999, Juan Pablo II también promulgó la celebración de Nuestra Señora de Guadalupe como día de fiesta en todo el Continente Americano y se refirió a ella como “Estrella de la Primera y Nueva Evangelización”.

Durante el reciente homenaje en Ciudad de México, la multitud coreó y aplaudió cada vez que alguna frase famosa de las visitas del papa Juan Pablo se recitaba o proyectaba en las pantallas. Frases como “México, siempre fiel”, “Me voy pero no me voy” y “México sabe bailar, pero también sabe rezar y más que todo gritar”. No cabe duda que el hombre sabía cómo llegar a las masas.

Parece que todo el mundo tiene alguna anécdota que contar sobre Juan Pablo II. Esto es testimonio del impacto que el longevo, trotamundos y carismático papa polaco tuvo en la vida de tantas personas, especialmente las de mi generación, quienes crecimos sin conocer a otro papa más que a él.

En 1989 fui a Roma como joven estudiante de periodismo para participar en un congreso universitario. Tuve la fortuna de conseguir boletos para la Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro. Tras la bellísima e inspiradora liturgia corrí a posicionarme en primera fila del pasillo lateral que conduce a la sacristía por donde el papa haría la procesión de salida. Mi misión era tomar una foto del papa lo más cerca posible. Al ver que daba vuelta a la esquina impartiendo su bendición a derecha e izquierda preparé la cámara para disparar en cuanto se tornara hacia mí. Y entonces sucedió. A través del lente de la cámara lo vi mirándome directamente. Bajé la cámara y, por un breve instante, nuestras miradas se cruzaron. Él continuó pero yo me quedé paralizada y sin poder tomar la ansiada fotografía. Recuerdo su mirada como si fuese ayer. Sus ojos irradiaban una paz profunda pero, al mismo tiempo, proyectaban una sonrisa juguetona como diciéndome: “Pórtate bien, traviesa” La mirada del papa me cautivó y despertó en mi la curiosidad sobre él y lo que tuviera que decir sobre cualquier tema.

Como estudiante de periodismo, también me fascinaba la interacción de Juan Pablo II con los medios de comunicación de masas. Conocía el poder de los medios para evangelizar y no dudó en cultivar una gran relación con ellos. En palabras de la hermana Mary Ann Walsh, RSM, “estaba hecho para la televisión”.

Su amor por la juventud y la forma en que era capaz de llegar a los jóvenes eran también realmente impresionantes. Mi esposo, de origen mexicano, fue un joven peregrino durante la Jornada Mundial de la Juventud 1993 en Denver. A menudo me cuenta lo especial que fue para él. “No importa si estabas cerca o lejos del escenario; sentías que te estaba hablando directamente a ti en cada momento”. De todos los mensajes que escuchó al papa Juan Pablo, en aquella y otras muchas ocasiones, el que más se le quedó fue “¡No tengan miedo!”,  palabras de aliento que significaron mucho en aquella etapa de su vida.

Es difícil resumir todo lo que Juan Pablo II hizo y significó para nosotros: su incansable defensa de la vida y la dignidad humanas; la forma en la que hizo presente el evangelio y a sí mismo a las gentes de cada continente y nación; su pensamiento profundo acerca de la humanidad y los problemas que le aquejan hoy. Al final, su mensaje siempre era el mismo: ¡Cristo es la respuesta!

El veterano periodista John Thavis lo resumió de manera proverbial en su obituario del antiguo papa: “El papa Juan Pablo II fue una voz de la conciencia para el mundo y un apóstol moderno para su iglesia. A ambos roles trajo el intelecto de un filósofo, la intensidad espiritual de un peregrino, y talento de actor para lo dramático. Esa combinación hizo de él uno de los líderes morales más poderosos de la era moderna”.

Sin embargo, cabe recordar que el hombre que canonizó a más santos que todos sus predecesores combinados es declarado ahora “beato” por la Iglesia no por sus logros, su influencia política o su estilo administrativo, sino por la santidad con que vivió su vida.

Sus palabras y acciones inspiraron a una generación a abrir de par en par las puertas a Cristo. Nos cuestionó y nos invitó a vivir vidas mejores, a hacerle hueco a Cristo e invitar a otros a hacer lo mismo.

El 1 de mayo Juan Pablo II llenará de nuevo la Plaza de San Pedro. Con los peregrinos, mi corazón canta en la distancia: “¡Juan Pablo Segundo, te quiso, te quiere, todo el mundo!”

Mar Muñoz-Visoso es subdirectora de prensa y medios de comunicación en la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos

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